La empatía mal entendida: cuando la ausencia de normas no libera, sino que destruye
En las últimas décadas, Occidente ha experimentado una erosión sistemática de las normas sociales en nombre de la comprensión y la empatía. Pero la sociología clásica, la criminología contemporánea y los datos de salud mental juvenil plantean una pregunta incómoda: ¿estamos confundiendo la tolerancia genuina con la abdicación de la responsabilidad colectiva de transmitir límites? Los resultados que observamos —desorden conductual entre los jóvenes, aumento de ciertas formas de violencia, deterioro de la salud mental— sugieren que la respuesta, al menos en parte, es que sí.
Vivimos en una época que ha elevado la empatía a la categoría de virtud suprema. Ser comprensivo, no juzgar, relativizar las conductas en función del contexto, no censurar, no imponer, no sancionar. La intención es noble: entender antes de condenar. Pero cuando la empatía se convierte en el único principio rector de una sociedad, y desplaza a la noción de responsabilidad y límite, los resultados no son los que prometía la buena voluntad. Los vemos cada día: jóvenes sin brújula conductual, violencia que crece en ciertos segmentos, instituciones que ya no saben cómo responder sin que se les acuse de represión. Vale la pena detenerse a pensar, con rigor y sin demagogias, qué está pasando realmente.
La anomia: cuando la sociedad deja de dar normas, el individuo se pierde
La sociología no empezó a pensar sobre este problema ayer. Hace más de un siglo, el francés Émile Durkheim acuñó el concepto de anomia —del griego a-nomos, "sin ley", "sin normas"— para describir lo que ocurre cuando una sociedad no logra proporcionar un marco estable de valores y reglas que oriente la conducta de sus miembros. Para Durkheim, la anomia no era solo un problema de criminalidad: era un estado de desintegración que producía desorientación existencial, pérdida de sentido e incluso lo que él llamaba "suicidio anómico". La tesis era radical para su época: las normas sociales no son cadenas que oprimen al individuo, sino el andamiaje que le permite desarrollarse con sentido de pertenencia y dirección.
Décadas más tarde, el sociólogo norteamericano Robert K. Merton profundizó el concepto. Para Merton, la anomia se produce cuando existe una brecha entre los objetivos culturales que una sociedad promueve —el éxito, el reconocimiento, la prosperidad— y los medios legítimos disponibles para alcanzarlos. Cuando esa brecha es demasiado grande, y cuando los marcos normativos que regulan la conducta se debilitan, algunos individuos adoptan caminos desviados —el delito, la violencia, la transgresión— como forma de adaptación. En la criminología contemporánea, la teoría de la anomia sigue siendo un instrumento de análisis fundamental precisamente porque describe con exactitud lo que observamos en muchas comunidades de las democracias occidentales actuales.
"Para Durkheim, la sociedad se encarga de integrar a los individuos que la forman, de ofrecer un sistema de normas que regule su conducta. Cuando ese sistema se tambalea, las reglas dejan de pesar, y para algunos lo que antes era impensable se convierte en una opción lógica dentro del caos."
Síntesis de la teoría de la anomia — Durkheim y Merton. Fuentes: UNIR Revista de Derecho (2025); Bitácora Policial (2026).Los datos que incomodan: la violencia juvenil no desaparece por ignorarla
Si la anomia es una categoría teórica, los datos son el territorio. Y los datos, en ciertos indicadores clave, son preocupantes. La Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado de España (2025) presentó un panorama que el fiscal general Álvaro García Ortiz calificó de "seria preocupación y alarma": en 2024, los homicidios y asesinatos cometidos por menores aumentaron un 18,8% respecto a 2023, con 120 causas incoadas a nivel estatal. Los delitos de agresión sexual cometidos por menores aumentaron un 21% en el mismo período. Los delitos de violencia de género cometidos por menores alcanzaron las 888 causas, la cifra más alta desde 2021. Los delitos de lesiones cometidos por menores también crecieron: 12.563 en 2024, frente a 12.394 en 2023.
Es importante la matización: la criminalidad general en España está prácticamente estancada en términos de tasa por habitante —en torno a 50 delitos por cada 1.000 personas, frente a 48 en 2010—, y los homicidios de adultos han descendido un 15% desde ese mismo año. El problema no es, por lo tanto, un colapso general del orden social, sino una concentración específica del deterioro en la franja juvenil, con formas de violencia cada vez más extremas e impulsivas. La Fiscalía relaciona explícitamente este fenómeno con "el abuso de las tecnologías de la información y comunicación (TIC), la exposición a contenidos pornográficos y la falta de formación ética y sexual", añadiendo que "Internet se está convirtiendo en docente y consultorio sobre sexualidad para la infancia y la juventud".
- +18,8% en homicidios y asesinatos (consumados o en tentativa) cometidos por menores: 120 causas incoadas a nivel estatal.
- +21% en delitos de agresión sexual cometidos por menores respecto a 2023.
- +10% en delitos de violencia de género cometidos por menores: 888 casos, máximo desde 2021.
- 12.563 delitos de lesiones cometidos por menores (+1,36% respecto a 2023; +8% respecto a 2022).
- 3.283 causas por delitos contra la libertad sexual: +3,07% respecto a 2023.
- La Fiscalía señala el abuso de TIC, la pornografía en línea y la falta de formación ética como factores causales clave.
La generación ansiosa: cómo la sobreprotección y la permisividad digital dañan a los jóvenes
El psicólogo social de la Universidad de Nueva York Jonathan Haidt publicó en 2024 La Generación Ansiosa (The Anxious Generation), un estudio que ha generado debate global. Su tesis central es que entre 2010 y 2015 se produjo lo que denomina la "Gran Reconfiguración de la Infancia": la adopción masiva de smartphones y redes sociales transformó radicalmente el modo en que los niños y adolescentes se relacionan, duermen, se perciben a sí mismos y gestionan sus emociones. Los resultados en términos de salud mental son, según los datos que cita Haidt, devastadores: en Estados Unidos, entre 2010 y 2020, la depresión grave en adolescentes aumentó un 145%; las visitas a urgencias por autolesiones en chicas jóvenes crecieron un 188%; las tasas de suicidio escalaron un 167% en ese mismo grupo.
Haidt identifica dos fenómenos paralelos que se refuerzan mutuamente: por un lado, la sobreprotección en el mundo físico —padres que no permiten a sus hijos enfrentar riesgos, fracasos ni situaciones difíciles sin supervisión adulta—; por el otro, la subprotección en el mundo digital —los mismos padres que no permiten que su hijo de 10 años cruce solo una calle, le entregan sin restricciones un smartphone con acceso a todas las redes sociales. El resultado, argumenta Haidt, es una generación que llega a la adultez sin haber desarrollado la resiliencia, la tolerancia a la frustración y la autonomía moral que solo se construyen exponiéndose a desafíos reales y asumiendo las consecuencias de las propias decisiones. Una generación, en definitiva, que no ha aprendido los límites porque nadie se los enseñó.
"En lugar de proteger a los jóvenes de todos los riesgos, es crucial permitirles enfrentarse a desafíos que estén dentro de su capacidad para manejarlos. La sobreprotección hace más daño que bien: priva al joven de las experiencias que construyen el carácter."
Jonathan Haidt — La Generación Ansiosa (2024). Síntesis de propuestas, recogida en Amma Psicología (2025) y LyD.org (2024).Los estilos de crianza: lo que la investigación dice sobre los límites
La psicología del desarrollo lleva décadas estudiando la relación entre el estilo de crianza y el comportamiento de los hijos. La clasificación más consolidada distingue tres perfiles: el estilo autoritario (normas estrictas con poco afecto y escasa explicación), el estilo permisivo (mucho afecto pero pocas normas y escasa exigencia) y el estilo autoritativo o democrático (normas claras acompañadas de afecto, explicación y diálogo). La investigación publicada en la Revista de Psicología y Educación señala que el estilo permisivo produce niños aparentemente alegres y con alta autoestima inmediata, pero con mayores niveles de conducta antisocial, menor desarrollo moral y dificultades para regular su propio comportamiento, que se agravan especialmente durante la adolescencia.
| Estilo de crianza | Características | Consecuencias observadas en la investigación |
|---|---|---|
| Autoritario | Normas estrictas, poca explicación, bajo afecto, castigo frecuente. | Mayor obediencia a corto plazo, pero menor autonomía moral, baja autoestima, tendencia a la rebeldía diferida. Riesgo de ansiedad y depresión. |
| Permisivo / Indulgente | Poco límites, alta permisividad, cede a las demandas del hijo, evita el conflicto. | Aparente alegría inicial, pero bajos niveles de autorregulación, mayor conducta antisocial en la adolescencia, dificultad para tolerar la frustración y bajo desarrollo moral. |
| Autoritativo / Democrático | Normas claras con explicación y diálogo, alto afecto, exigencia razonada, coherencia en las consecuencias. | Mejor ajuste psicosocial, mayor competencia social, menor conducta antisocial, desarrollo moral sólido. Considerado el estilo con mejores resultados generales por la investigación. |
La clave no es la severidad: es la coherencia y la presencia de los límites. La investigación no avala el autoritarismo rígido, pero tampoco avala la permisividad que confunde el amor con la ausencia de exigencia. El estilo que produce mejores resultados —el autoritativo o democrático— combina exactamente lo que a veces se presenta como un falso dilema: afecto genuino y normas claras, comprensión y exigencia, empatía y límites. No son opuestos. Son complementos necesarios.
La confusión de época: empatía versus relativismo moral
El error conceptual que subyace a mucho del deterioro que observamos es una confusión entre dos cosas distintas: la empatía, que es la capacidad de comprender la experiencia del otro, y el relativismo moral, que es la renuncia a sostener que hay conductas objetivamente mejores o peores que otras. La empatía genuina no implica la ausencia de juicio moral: un buen padre puede entender perfectamente por qué su hijo adolescente mintió, y al mismo tiempo sostener con firmeza que mentir tiene consecuencias. Un buen maestro puede comprender la dificultad de un alumno que golpea a otro, y al mismo tiempo establecer que esa conducta no es aceptable en el aula. La empatía sin normas no es empatía: es indiferencia disfrazada de comprensión.
El filósofo Roger Scruton señalaba que la "suavización del juicio moral" en las sociedades contemporáneas no proviene de un exceso de bondad, sino de algo más parecido a la comodidad: es más fácil no juzgar, no confrontar, no exigir. Decirle a alguien que su conducta es inaceptable implica asumir una posición, defender un valor, sostener un conflicto. En una cultura que ha convertido el conflicto en el mayor de los males, la permisividad se presenta como una virtud cuando en realidad es, muy a menudo, simplemente la vía de menor resistencia. Y el resultado, como señala Durkheim desde hace más de un siglo, no es más libertad: es más anomia.
¿Qué es lo que realmente necesitan los jóvenes?
La investigación apunta en una dirección que no debería ser controversial pero que en el clima cultural actual lo es: los jóvenes necesitan normas claras, consecuencias predecibles y adultos que asuman la responsabilidad de transmitirlas. No porque la obediencia ciega sea un valor, sino porque las normas son el andamiaje dentro del cual el individuo puede desarrollar su autonomía real. Un niño que crece sin límites no aprende a ser libre: aprende a ser impulsivo. Un adolescente sin figuras de autoridad que lo confronten no desarrolla su carácter: desarrolla su ego sin contención.
Haidt resume cuatro propuestas concretas que han generado amplio consenso entre especialistas: no permitir smartphones antes de los 14 años ni acceso a redes sociales antes de los 16; escuelas sin teléfonos durante las horas de clase; exposición progresiva a riesgos reales y responsabilidades concretas en el mundo físico; y fomentar el juego no supervisado entre iguales, que es donde los niños aprenden a negociar, a perder, a reparar conflictos y a construir identidad sin la mediación permanente del adulto. Ninguna de estas propuestas es represiva. Todas implican, en cambio, que los adultos —padres, educadores, legisladores— recuperen el coraje de ejercer su función de referentes en lugar de dimitir de ella por temor al conflicto.